¿CÓMO IMPACTAN LOS HIJOS EN LA VIDA SEXUAL DEL MATRIMONIO?
Es probable que ya hayas leído algo al respecto, pero ¿Podremos sumar una mirada cristiana del tema?
Los hijos modifican nuestras dinámicas familiares de todas las formas imaginables (e inimaginables). La intimidad del matrimonio es una de esas esferas que se ve trastocada por la llegada de los nuevos integrantes de la familia.
Pensemos en algunas experiencias comunes y, luego, ensayemos respuestas pastorales para las mismas.
EL CANSANCIO: ADVERSARIO DEL BUEN DESEMPEÑO
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, y les otorgó la sexualidad como medio de reproducción e interacción, las condiciones eran óptimas: se encontraban en el huerto del Edén, en presencia de Dios, sin las afecciones del pecado (Gén. 1:26-28).
A partir de la caída todo cambió. No sólo comenzó la corrupción moral, además se originaron las debilidades y limitaciones que nos aquejan hasta hoy, el cansancio es una de ellas (Gén. 3:16-19).
El agotamiento, físico y mental, es un enemigo de la sexualidad plena. Incluso en nuestra consejería prematrimonial solemos advertir a las parejas que no se desilusionen si la noche de bodas las cosas no resultan como las soñaron, el cansancio de la planificación previa puede entrar con ellos a la habitación y jugarles una mala pasada.
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Con la fatiga llega el mal humor, la dificultad para concentrarse, la falta de fuerzas y de energías; todo lo cual es necesario para disfrutar de un tiempo de intimidad fluido y relajado. Con los bebés el cansancio aumenta.
Dormimos poco porque ellos duermen poco. Pero no es lo único, hay estrés por la adaptación: Aprender a reconocer las razones de su llanto, los controles médicos periódicos (del bebé y su madre), las visitas constantes que quieren ver al niño -"vienen a ayudar, y se quedan por horas"-, el aislamiento de la mamá que resigna ciertas actividades buscando paz, etc.
Todo esto, y más, trae consigo fatiga y fastidio. No hay tiempo, ni ganas, ni humor para las relaciones íntimas.
LAS INTERRUPCIONES Y EL APURO
Si el agotamiento no hace lo suyo, el propio bebé lo hará.
Mientras más pequeños, más demandantes. Durante los primeros meses de vida no tendrán tiempo prácticamente para otra cosa que para atender al niño. Deben amamantarlo, consolarlo, cambiarlo, etc.
Tienen períodos muy breves de sueño que, a veces, sólo alcanza para que nos demos una ducha o durmamos unos minutos. ¿Y los momentos íntimos?
Tendremos que encontrar cómo incluirlos en esos tiempos de descanso del bebé, pero sepamos esto: cuando se despierte llorando con toda su potencia no habrá más remedio que darle atención.
Esto implica que las relaciones sexuales pueden verse interrumpidas, lo que suele generar frustración; o tendremos que apurarnos y hacer todo velozmente antes que el niño despierte. Esto, por supuesto, atenta contra una experiencia distendida y gratificante, que es el ideal de Dios para la sexualidad (Cant. 2.3-7).
LAS DISCUSIONES CONSTANTES
Durante este período, y justamente por todo lo dicho, suelen aumentar las discusiones entre la pareja.
La esposa está atravesando un tiempo especial (que debe aprender a comprender y manejar si es primeriza), se siente aislada y que se está perdiendo de muchas cosas, experimenta que el bebé es más dependiente de ella que de cualquier otra persona y es un sentimiento de responsabilidad que le pesa.
El esposo, por otro lado, vivencia que esa compañera incondicional con quien compartía horas de charlas y risas ya no está disponible como antes. Regresar a casa y encontrarse para conversar con mate de por medio, ahora es sólo un recuerdo (al menos durante los primeros meses, todo mejorará).
"¿QUÉ ESPERÁS DE MÍ? HAGO LO MEJOR QUE PUEDO", es una verdad con la que ambos se identifican, pero sienten que el otro no lo nota.
Las peleas y el enojo contaminan el ambiente para la intimidad, prácticamente son letales. No es posible gozar de la relación sexual estando enojados porque va contra el diseño divino (Pro. 5:18-19).
No es el fin del matrimonio, solamente es una nueva etapa en la que se repiten situaciones que antes no estaban o no eran frecuentes. El ajuste que llevó tanto tiempo y la comodidad a la que se acostumbraron durante años, desaparecen entre un llanto estridente, pañales y una habitación desordenada... habrá que volver a empezar, ésta sola idea puede causar algo de frustración y desasosiego.
LOS DOLORES Y EL ESTRÉS POS PARTO
La mamá experimentará fuertes dolores físicos y angustias durante los primeros meses. Si el nacimiento fue parto normal este período será más breve y menos intenso, si se sometió a cesárea -programada o de urgencia- la recuperación demora más.
En todo caso, estamos hablando de semanas y hasta meses durante los cuáles la mujer no está cómoda (ni es clínicamente recomendable) para mantener relaciones sexuales.
¿Cuánto tiempo dura esta situación? Depende de cada caso, pero pueden llegar a parecer años si no saben cómo manejarlo. Y no hace falta ahondar más en este punto, se repiten algunas de las experiencias relatadas en los apartados anteriores: fatiga, frustración, discusiones, etc.
RESPUESTAS PASTORALES
Ante esta realidad, queremos ofrecer una mirada bíblica y pastoral tanto para los cónyuges como para el liderazgo que los acompaña durante este hermoso, aunque difícil proceso.
1) Los pies en la tierra, la mente en el cielo (Jn 16.33): Conocer es el primer paso para estar prevenidos.
Leo los evangelios y veo a Jesús advirtiendo a sus discípulos sobre los eventos por venir, ¿La razón? Que estén lo suficientemente preparados para que, cuando ocurran tales acontecimientos, no se amedrenten, sino que tengan paz.
¿Podremos aplicar este principio al tema que nos ocupa? Sepamos que estas cosas pueden ocurrir y, en tal caso, en lugar de llenar nuestra mente de dudas y el corazón con la sensación de que "todo se sale de control", podremos hallar sabiduría del Señor para conducirnos durante el proceso.
2) No es una experiencia exclusiva de nuestro matrimonio, ni un desafío que no podamos superar (1 Cor. 10.13): Consideremos que esto también está manos de Dios para forjar Su propósito en nosotros.
Son justamente estos escenarios en los que debemos vivir los votos que hicimos en el altar, forjar y reflejar el carácter de Cristo y las virtudes espirituales del creyente. El Espíritu Santo habita en nosotros TAMBIÉN EN LAS CRISIS DE PATERNIDAD.
Por lo tanto, confiemos en que la obra de santificación se está llevando a cabo en esta experiencia. Dios no es ajeno a ello, ni hace nada al azar. Está enseñándonos y edificándonos.
3) Fidelidad y honra, ante todo (Heb .13:4): ¿Es la masturbación una opción durante este período? Definitivamente no.
En primer lugar, ese no es el propósito divino para la sexualidad. El sexo fue creado por Dios para compartirse y buscar la complacencia del otro, no la propia.
En segundo lugar, al contrario de lo que solemos leer y escuchar, el deseo sexual no es un instinto irrefrenable ni una necesidad innegable. Ya Aristóteles era crítico de sus contemporáneos por pensar así.
Les propongo considerar este tiempo como una forma de ejercitar el dominio propio y una oportunidad para dedicarse a cultivar la espiritualidad (1 Cor. 7:5).
4) Con distancia respetuosa, no los dejemos solos (Pro. 5:1-2): Inmiscuirnos en un asunto tan privado debe hacerse con sabiduría, respeto y delicadeza. Queremos estar lo suficientemente cerca como para ayudar, pero lo necesariamente distantes como para no invadir.
Los amigos, familiares y pastores debemos entender nuestro lugar y cumplir ese rol de protección y contención sin interferir. La pareja NECESITA APRENDER A AJUSTARSE y a administrar las crisis.
Al mismo tiempo, la Iglesia SIEMPRE debe ser suficientemente cercana e íntima para acudir en ayuda, justamente, en casos como estos.
Que bueno será tener una relación pastor-miembro en la que estos temas puedan conversarse con confianza y madurez espiritual.
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