PONER APODO A LOS HIJOS
Nuestra cultura es muy adepta a colocar "apodos", algunos muy ocurrentes. Esto sucede en todos los ámbitos en los que convivimos con otras personas, pero lo curioso es cuando LOS PADRES PONEMOS APODOS a nuestros hijos.
Algunos, como "princesa" o "campeón", podrían despreocuparnos. Pero ¿Qué hay de aquellos que nos resultan simpáticos, aunque representarían un peligro?
Me refiero a cuando llamamos a nuestros hijos de maneras que resultarían ofensivas y pudieran generar en ellos una idea equivocada de quienes son, de qué los define realmente y de lo que representan para nosotros. Motes como "cabezón", "gorda", o similares. He escuchado a padres nombrar a sus hijos como "lechón" o "muñeco maldito"; y me sorprendió que esto les resultara normal, aceptable y hasta divertido.
¿POR QUÉ LOS NOMBRES?
¿Te habías planteado esta pregunta? Sería importante hacerlo. Desde que tenemos conciencia e historia de la humanidad han existido los nombres y son la forma por excelencia de llamar a alguien e identificarlo. Incluso antes que los apellidos, las personas se reconocían por el lugar del que provenían, o algún ascendente prominente para su pueblo, o el oficio al que se dedicaba; pero siempre portaban un nombre propio.
En algunas culturas el nombre era asignado en relación a circunstancias que rodeaban el nacimiento del bebé y en ocasiones no eran felices (recuerda, por ejemplo, a ICABOD en 1 Samuel 4.17-22); los nombres tenían una razón, representaban algo importante.
La Biblia reconoce la importancia del nombre en la construcción de la identidad, incluso en más de una ocasión Dios cambió el nombre de algunas personas.
¿Por qué lo haría? Cómo nombramos o llamamos a alguien contribuye a su autopercepción y cosmovisión. Piensa, no es lo mismo que todos los días te llamen "suplantador" (Jacob) a que te digan "el que pelea con Dios, tener poder con Dios" (Israel); o "mi princesa, señora" (Sarai) no es igual a "madre de naciones" (Sara).
Tan importante es esto que Dios mismo se da a conocer con nombres (YHWH, Ex 3.13-15; SHADDAI, Ex 6.2-3; ELOHIM, Gn 1.1; etc) y cada uno de ellos expresa un rasgo de su carácter y naturaleza. No sólo eso, al venir el Señor al mundo encarnado en un hombre también llevó un nombre con propósito: Jesús (Mt 1.21) y Emmanuel (Is 7.14; Mt 1.23) que tenían significados específicos de acuerdo con la misión que cumpliría.
Podrías pensar: "Bueno, es que la cultura bíblica daba demasiada importancia a este asunto de los nombres". O, tal vez, nosotros le damos demasiado poca.
¿POR QUÉ NO LOS APODOS?
No estoy diciendo que TODOS LOS SOBRENOMBRES sean malos, pero sí que debemos poner cuidado en lo que significan y lo que causan. ¿Qué puede pensar o sentir un niño al que sus padres, todos los días, le dicen "muñeco maldito"?
Y en la adolescencia ¿Acaso ignoramos las luchas que en esta etapa nuestros hijos sostienen contra sus complejos y la propaganda? ¿Cómo les ayuda que les llamemos "lechona" o "hueso"?
Con la repetición y la constancia el apodo se convierte en etiqueta: Es decir, se arraiga en la mente del niño creyendo que ESO LO DEFINE. Sin embargo, como hemos dicho, la identidad está en el nombre, no en el apodo.
De hecho, la definición de "sobrenombre" es: nombre CALIFICATIVO con el que se distingue especialmente a una persona.
Por otro lado, el concepto de "apodo" es: denominaciones de carácter DESCRIPTIVO basadas en algún rasgo o condición de la persona a la que nombran, que se utilizan acompañando a su nombre propio o en sustitución de este.
De manera que, como vemos, la intención de los apelativos es precisamente calificar a una persona, etiquetarla y distinguirla por algún rasgo específico (generalmente por una cualidad física o de su personalidad).
Pero, entonces, si los nombres propios tienen -o deberían tener- un significado y un fin específico que es recordar las palabras de Dios, o las circunstancias familiares, o exaltar una virtud, etc. lo que hacemos al poner apodos es sustituir ESE PESO del nombre propio por una ocurrencia ocasional. Lo trascendente e importante es quitado para dar paso a algo cómico y superfluo, ¿Sobre qué se asienta, entonces, la concepción que nuestros hijos tienen de sí mismos?
Intentaré demostrar el punto con este ejemplo: Mi nombre fue elegido por mis padres para RECORDAR ciertas palabras que Dios dijo de mí cuando estaba en la panza de mi madre (ellas se encuentran en el Evangelio según Lucas); pero mis amigos me decían "enano" o "flaquito" y en una etapa de mi vida olvidé lo que el Señor dijo de mí y me preocupaba más mi altura o mi peso.
Podrás decir que eso es normal, parte de una etapa y, por lo tanto, pasajero. Te diré dos cosas:
En primer lugar, que no siempre es pasajero, hay personas marcadas muy profundamente por cosas así; o tal vez el sentimiento acaba, pero mientras dura toman decisiones cuyas consecuencias sí permanecen.
En segundo lugar, que no podemos evitar que ocurra en el colegio, la plaza o el club, pero ¿Leíste el título de este post? Lo triste es cuando SOMOS LOS PADRES quienes ponemos esa señal. Los encargados de afianzar la identidad y autoestima de nuestros hijos, en ocasiones, hacemos lo opuesto.
APODOS EN LA BIBLIA
Quizás te resulte curioso, pero hay registros de apodos en la Biblia. Mira estos ejemplos:
Pedro: Aunque llegó a ser un nombre propio, en su contexto original era un SOBRENOMBRE. El pasaje que relata cuando Jesús asigna este alias al entonces discípulo (Mt 16.18) lo confirma; incluso en ocasiones los autores del Nuevo Testamento lo nombran "Simón Pedro"(Mt 4.18; Jn 1.40; Jn 21.2; etc), pues el primero era su nombre el segundo su apodo.
Cristo: Este también es un apelativo, no un nombre propio. -"Pero, Cristo es un título"- dirás, y tienes razón en eso. Pero pensando en la definición de "apodos" recuerda que es un calificativo que acompaña o reemplaza al nombre y que destaca una faceta específica de la persona, en este caso: su naturaleza y oficio mesiánico.
Diablo: Este tampoco es nombre propio. "Diabolos" significa calumniador, acusador, y claramente alude a una de sus funciones más destacadas. Pero el nombre propio del adversario ha sido el mismo desde el principio: LUCIFER.
Hay algunos más, pero la idea es mostrar de qué manera un sobrenombre (bueno o malo) puede convertirse en una etiqueta permanente y determinante.
Espero que a partir de ahora consideres mejor cómo llamas a tus hijos y lo que causará en ellos.
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