DE ATENAS AL BERNABÉU: el futbol como fenómeno cultural

Creo que fue Diego Latorre, el reconocido comentarista de fútbol (y exjugador profesional), quien expresó alguna vez que: 

"El fútbol, sobre todo en Latinoamérica, es -además de un deporte- un fenómeno cultural".

Mario Pergolini, en una entrevista con Juan Pablo Varsky, suma a esta mirada del futbol trascendente a los estadios cuando, hablando de política, dijo: "Un club son las inferiores de la política nacional" (Clank! #101. Video en YouTube, min 41:49)

En países como Uruguay, Chile, Brasil y Argentina; este deporte suele vivirse como religión, identidad nacional, proyecto de vida, industria y profesión. El fútbol nuclea poderes e intereses ideológicos y políticos como -probablemente- ningún otro deporte logra hacerlo.

De hecho, aunque la frase inicial sea o no de Diego Latorre, expresa una realidad que muchos sociólogos, filósofos y periodistas deportivos han señalado: el fútbol funciona como un lenguaje cultural

Eduardo Galeano escribió:

"En qué se parece el fútbol a Dios. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales".

Galeano, Eduardo. El fútbol a sol y sombra. Madrid: Siglo XXI Editores, 1995

No es simplemente un deporte; es una forma de narrar la identidad, el sacrificio, la pertenencia, la derrota, la esperanza y la gloria.

Desde una perspectiva cristiana, esto ofrece un punto de contacto muy interesante con el Nuevo Testamento.

PABLO Y EL DEPORTE DE SUS TIEMPOS

El apóstol Pablo no desprecia las prácticas deportivas de su época. Al contrario, las toma en serio porque sabe que sus lectores las conocen y las valoran. Las competencias atléticas se convierten en una parábola de la vida espiritual.

En 1 Cor. 9:24-27, el apóstol señala al atleta como ejemplo de disciplina, compromiso y enfoque; como los gimnastas no realizaban esfuerzos en vano, sino con un objetivo y metodología claras, así la vida espiritual. En Fil. 3.12-14, él se ve a sí mismo como un atleta y a la vida cristiana como una carrera que ofrece un premio a quienes la acaban, destacando no sólo la perseverancia, sino también la esperanza, como componentes fundamentales de la fe.

Llegando al final de su vida, en las epístolas al joven Timoteo, Pablo alienta al mancebo pastor a vivir para su vocación apelando a la imagen del atleta que no se desvía del reglamento (2 Tim. 2:5), y hace un recuento de su propia vida al servicio cristiano utilizando la imagen del gimnasta que ha competido fielmente (2 Tim. 4:7-8).

En la epístola a los Hebreos, capítulo 12 (aunque la autoría sigue siendo discutida), vuelve a citar la imagen de la carrera para extraer lecciones de paciencia, concentración, disciplina, aprendizaje, sacrificio, esperanza y constancia.

De manera que Pablo evita caer en el error de condenar un fenómeno tan vívido y real en la cultura de sus lectores, elige utilizarlo como punto de contacto con la vida cristiana reconociendo sus valores.

Pero, por otro lado, tampoco comete el error de espiritualizarlo y elevarlo hasta alcanzar en la vida de los creyentes un lugar que no le corresponde. Más bien, podemos leer entre líneas su pensamiento:

"Todo eso que admiran en un atleta, imaginen vivirlo por algo infinitamente mayor."

 EL FUTBOL: MÁS QUE DEPORTE, PARA BIEN O PARA MAL

Al principio señalamos que, efectivamente, para la cultura en la que vivimos; el fútbol trasciende las líneas de cal y ocupa importantes lugares en el entramado social: desde ofrecer negocios en sitios de apuesta, hasta ser una opción para salir de las calles y sus vicios. 

Pero ¿podremos, como cristianos, darle una aplicación espiritual positiva?

Creo que el fútbol puede ser una escuela de vida antes de ser un espectáculo. Nos enseña a esperar, a perder, a celebrar, a confiar en otros, a soportar la frustración y a seguir creyendo cuando el resultado parece imposible. Por eso, millones de personas encuentran en él, algo más profundo que noventa minutos de entretenimiento.

Aquí trataré de ser coherente: El fútbol puede ser una herramienta para el ministerio, como otras actividades y como ninguna otra. 

Como otras, en el mismo sentido en que muchas (o casi todas) las circunstancias de la vida pueden enseñarnos a conocer al Señor y ser usadas por Él para formar a Su Hijo en nosotros (la paternidad, el trabajo, una enfermedad, el matrimonio, las vacaciones, comprar un vehículo, construir la casa propia, etc).

Pero digo que como (casi) ninguna otra, porque pocas experiencias cotidianas conectan con la pasión como lo hace el fútbol. Seamos claros:

El problema no es amar el fútbol. El problema es cuando éste intenta responder preguntas para las que nunca fue creado.

Ningún campeonato puede dar una identidad definitiva. Ningún club puede ofrecer una comunidad perfecta. Ningún ídolo deportivo puede cargar con la necesidad humana de redención. El fútbol puede producir comunión, pero no reconciliación con Dios; puede generar esperanza cada domingo, pero no la esperanza que vence a la muerte; puede enseñar sacrificio, pero no puede quitar el pecado.

Sin embargo, hay otras cosas que sí ofrece y que podemos aprovechar. 

APLICACIONES MINISTERIALES

Entonces, si el deporte (y en este caso particular, el futbol) pueden ilustrar la vida cristiana: ¿Qué aplicaciones ministeriales podemos darle?

Permíteme compartir solamente algunas sugerencias:

1) Aprovecha el deporte en conjunto para fomentar y ejercitar la vida en comunidad:

La vida cristiana es un llamado a compartir con otros. El crecimiento espiritual y el servicio a Dios tienen como condición la unidad con los demás creyentes.

Los deportes en conjunto (vóley, basquet, jockey, etc) nos ofrecen un escenario propicio para trabajar principios espirituales relacionados con la unidad: la responsabilidad individual en relación con el todo, la importancia del equipo para alcanzar la meta, superar las dificultades que plantea la convivencia, la colaboración y la humildad como características indispensables del creyente, en fin.

¿Cómo lo hacemos? Tanto en los entrenamientos como en la competencia, podemos tomar tiempo específico para recalcar e ilustrar estos valores. Podemos recurrir, al final de cada actividad, a situaciones vividas para señalar lo que está bien o mal, y reforzar principios por medio de ello.

Las lecciones asociadas a una experiencia (buena o mala) suelen fijarse más y entenderse con mayor claridad.

2) Utiliza los partidos para forjar valores:

El respeto al rival, la obediencia a las reglas, el autocontrol, soportar la derrota, ganar con humildad; eso y mucho más puede ejercitarse con reglas claras y penas concretas jugando una o dos veces por semana. 

En nuestro trabajo con niños y adolescentes, la competencia (y, fundamentalmente, el fútbol) ha sido una grandiosa ocasión para ayudarlos a superar la derrota y enseñarles a no buscar ventajas inmorales; indicándoles además cómo esto aplica a otras áreas de la vida. 

Por medio del deporte se puede forjar el carácter.

Eso sí, procura que todos entiendan por qué establecemos ese reglamento (usa tiempo intencional para explicar qué hay detrás de cada regla) y que los participantes estén de acuerdo con las penas sancionadas para quienes lo incumplen, sobre todo antes de empezar.

3) Las reuniones en torno al fútbol pueden ser ocasión para predicar:

Desde un campeonato de Play Station, pasando por una reunión casual en casa para ver un partido con palomitas de maíz, hasta un torneo a beneficio donde los equipos se inscriben donando alimentos; las actividades en torno a un deporte que nos gusta, nos conecta y nos relaja, pueden ser escenarios para compartir el evangelio.


Cerca de nuestra congregación, en el mismo barrio, hay una plaza. Todos los sábados vamos allí a jugar con los adolescentes, elegimos vóley, futbol o cualquier actividad recreativa. Tomamos mate o tereré y escuchamos música, también llevamos la guitarra y (a veces) algo para comer. 

No hace falta mucho más, los chicos que están allí se acercan sólos a preguntar si pueden sumarse a un partido. Por supuesto, el testimonio que demos al competir es fundamental, no sirve de mucho que nos movilicemos si luego habrá peleas, groserías e indiferencia.

En realidad, toda reunión y encuentro social (cumpleaños, actos escolares, paseos, etc) deberían ser usados con ese fin. Pero, permaneciendo en el tema que nos ocupa, podemos decir que: donde haya una pelota, habrá un puñado de personas a quienes hablarles de Jesús.


EN CONCLUSIÓN

El fútbol moviliza, reúne, toca fibras íntimas y evoca pasión. 

No pretendemos aquí hacer un análisis profundo de este fenómeno; pero sí queremos señalar que existe un equilibrio que podemos encontrar, evitando -por un lado- caer en el extremo de convertir el deporte en un ídolo, y -por el otro- desmerecer lo que significa para nuestra cultura.

Tal vez, esta también sea una lección que necesitamos aprender del ministerio de los apóstoles: Observar el mundo al que predicamos, y enseñar el evangelio en formas coherentes y relevantes.

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